sábado, 6 de junio de 2026

1,2,3,4... 54.

Quien me conoce sabe que una de las cosas que más disfruto personalmente es leer y escribir. Leo para aprender y escribo para enseñar lo que aprendo. A lo largo de mi vida, una mala cualidad que me he adjudicado es la de ser sumamente obsesivo con un tema o algo en particular que me llame la atención.

Antes estaba obsesionado con la tecnología, la economía, los mercados de capitales; mis publicaciones anteriores hablaban sobre lo que me gustaba. Me enfoqué tanto en encontrarle un sentido a lo que movía el mundo allá afuera, y perdí el mundo que me sostenía por dentro.

Tanto así, que hice cosas en mi vida que ahora, por más que le encuentro razón, pienso: "qué jodido estaba", "¿por qué hice eso?". Pero lo curioso de la vida es cómo cambia. No es que haya cambiado o dejado de ser cosas que me mantienen actualizado de lo que sucede allá afuera, eso es importante. Pero es más importante aún desde qué lente lo estás viendo.

Una de las actualizaciones que más me gustó de las redes sociales fue el "estado por 24 horas", se me hizo un proceso de innovación increíble. Y siempre que vas a subir un estado, te aparece un mensaje que dice "tu estado desaparecerá en 24 horas".

Ahora mi perspectiva es que esa funcionalidad del "estado de 24 horas" es en realidad una de las metáforas más crudas y perfectas de la existencia humana. Pues nos muestra que el momento caduca en 24 horas. Vivimos con la ilusión de que el mañana está garantizado y de que nuestras circunstancias actuales son permanentes. Sin embargo, la realidad es que la vida misma se actualiza cada segundo. ¿Te imaginas tomar una foto cada segundo y publicarla? ¿Cuántas fotos tendrías en tus estados? Eso sería vivir la vida. Puedo entrar en este tema, un libro completo. No quiero eso.

El quiebre en el silencio

Pero quiero contarte de cuándo me di cuenta de esto: el 09 de abril del presente año, un grupo de jóvenes y yo vivimos un retiro al que se le llamó "La Jornada". No puedo contarte todo lo que haces allí; hice un pacto con el jefe de jefes, el mero mero, el todopoderoso, así que sí me da miedo si hablo de más. Pero te diré lo que aprendí en ese momento.

Ese día aprendí que hay puertas que, una vez que se abren, alteran el orden de tu vida para siempre. Llegué caminando, herido, cansado y con el alma sedienta de algo más. Llegué creyendo que sabía quién era. Llegué con mi armadura de hombre fuerte que todo lo puede y todo lo resuelve, y que nunca ha sufrido. Que mi deber siempre es sostener mi vida y la de los míos con un orgullo ciego, repitiéndome a mí mismo que no necesitaba ayuda, que yo podía con el peso del mundo sobre la espalda.

Qué maldita mentira, neta. Qué cansado estaba de fingir.

Y aunque dentro había más compañeros que terminaron volviéndose hermanos, entras solo y estás solo contigo mismo. Cuando llevas años cargando culpas silenciosas, miedos que no le cuentas a nadie y un vacío que el éxito no llena, es aterrador. Ese día entendí que era un hombre que se estaba desgastando en batallas que nunca iba a ganar solo.

Y aunque tenía tiempo yendo a misa cada domingo, fue allí en donde sentí el amor de Dios. No es una idea bonita; es un peso físico que te dobla las piernas. Es el momento exacto donde te das cuenta de que el Rey del universo te conoce desnudo, sabe lo que has hecho en la oscuridad, sabe tus mayores debilidades, y su respuesta es poner su mano en tu hombro y decirte: “Ya basta de pelear solo. Dame tu carga. Yo me encargo de ti”.

Lloré como no lo hacía desde que era un niño. Un llanto que me desgarró el pecho porque no era de tristeza; era el llanto de un fugitivo que por fin llega a casa. Era el dolor de ver mis escudos de orgullo caerse uno a uno.

Nadie que entra a la Jornada de verdad regresa siendo el mismo. Y tampoco nadie está hecho para vivirla. Se requiere una valentía y fortaleza que muchas veces ni tú crees que la tienes. Salir de ahí es nacer de nuevo, pero esta vez con un propósito claro. Sales transformado.

El ejército de la paz

Pero esto no termina, apenas empieza. He conocido a gente que me ha inspirado, me ha ayudado, y no dejo de admirarlos por cómo se mantienen de pie, cómo cambiaron, el antes y el después. Los sigo viendo, hacemos dinámicas, y muchos de estos hermanos están haciendo algo por el mundo. Están cambiándolo, están reconstruyéndolo; no están sentados viéndolo pasar, no están sentados sin hacer nada. Están formando parte del cambio, están haciendo el papel que Dios nos dio o asignó.

El grupo del seguimiento, los jornalistas, los del movimiento juvenil, los de Nueva Vida, los de Barro Vivo, los discípulos, son sin duda personas ordinarias que, con la mano de Dios, ahora son extraordinarias.

Cambio de rumbo

Ahora he borrado todo lo de mi blog anterior y quiero empezar de nuevo a escribir. No porque tenga tiempo libre, ni porque busque el aplauso de nadie. Escribo porque cuando Dios entra a tu vida y te desarma por completo, te deja un fuego en el pecho que es imposible callar.

Durante mucho tiempo creí que la vida se trataba de ser el más fuerte, el más apto, el que todo lo resuelve. Confiaba en mi mente, en mis planes y en mi capacidad para sostener el peso de mis batallas. Pero esa autosuficiencia es una prisión muy solitaria. Caminamos por el mundo con la armadura puesta, sonriendo por fuera mientras por dentro el alma grita de cansancio, sedienta de una paz real que el mundo no puede comprar.

Hasta que te rindes. Hasta que dejas que Dios te encuentre en tu punto más débil, te quite las máscaras y te abrace con una misericordia que te dobla las piernas y te limpia las lágrimas.

Experimentar ese amor no te deja igual. Te levanta del suelo con una fuerza nueva, una fuerza que no es tuya. Te da una visión clara, un orden y una dirección que antes no tenías. Te das cuenta de que fuiste rescatado para algo mucho más grande que tú mismo.

Por eso escribo. Porque allá afuera hay miles peleando en la oscuridad, cargando culpas, miedos y un vacío que intentan llenar con cosas que caducan al día siguiente. Escribo para decirte que no estás solo, que no fuiste creado para vivir derrotado ni para simular una fuerza que ya no tienes.

Mis palabras hoy son mi trinchera y mi servicio. Escribo con orden y sobriedad para recordarte que hay un Dios vivo que quiere pelear tus batallas, que tiene una estrategia perfecta para tu vida y que está esperando que sueltes tus armas para darte la verdadera paz. Si yo pude encontrar la luz en medio de mi tormenta, tú también puedes. Levántate, ponte en pie de guerra por tu alma, y deja que el Creador te devuelva la vida.